lunes, 15 de junio de 2015

ROMA Monasterios

ROMA
Monasterios
Durante los siglos quinto y sexto, a medida que el imperio se derrumbaba, solo la Iglesia podía llenar el vacío creado por los impotentes emperadores romanos y los impreparados reyes germánicos; era la única organización preparada para asumir el reto de transmitir los valores sociales y morales de la sociedad cristiana y motivada por su misión de convertir a toda la humanidad, lo que produjo resultados políticos tan importantes como haber sido la influencia civilizadora que permitió la transición de la vida seminómada de los bárbaros a una vida agrícola sedentaria.
La estructura de la Iglesia romana, basada en la autoridad del papa, quien se proclamaba sucesor de Pedro, se constituyó en el origen de unidad de doctrina, lo que permitió, junto con el hecho de ser la religión oficial del imperio, contrarrestar las herejías y ejercer una administración central. El papado fue entrando en conflicto con la Iglesia del imperio de oriente, que fue perdiendo el control político y religioso de occidente lo que determinó la autonomía regional. Así surgieron las primeras iglesias en los antiguos centros administrativos del imperio, como Milán, Burdeos y Lyon, ahora sedes episcopales cuya organización seguía el sistema provincial del imperio. Esto colocó a los obispos en posición de asumir las funciones esenciales administrativas de los nuevos reinos.
La otra fuerza importante de la Iglesia la constituyeron los monjes. La vida monástica, nacida en Egipto siglos atrás, se había diseminado por todo el imperio romano de oriente, principalmente en Capadocia, y había llegado a occidente e iba a jugar el papel de primordial importancia de conservar y transmitir la cultura del imperio a través de los siglos, emprendiendo la evangelización y civilización de todos los pueblos de Europa.
El mismo Agustín, entre sus principales aportes, produjo una regla para los monasterios, en 397. Pero sería en 529, cuando el santo aristócrata Benito de Nursia funda el monasterio de Monte Cassino, situado entre Roma y Nápoles, donde formuló un programa en un documento que llamó “Pequeña regla para novicios”, que determinaba un sistema social que daría prodigiosos resultados. Dicha regla establecía un régimen diario de oración y trabajo lo que produjo que todo monasterio fuera auto suficiente, lo que a su vez le daba independencia y permanencia. El abad era la única autoridad al interior y respondía solo al papa al exterior. Además de los clásicos votos de pobreza, castidad y obediencia, juraban permanecer en el monasterio hasta la muerte.
A finales de siglo, en 590, el monje benedictino Gregorio se convertiría en papa, Gregorio I, contra su voluntad y habría de utilizar a los monjes en su política internacional. En 596 envió un pequeño grupo de monjes benedictinos, encabezados por Agustín, a evangelizar Bretaña, donde lograron la conversión del rey Etelberto de Kent al cristianismo. Pronto lo seguirían otros reyes como los de Northumbría y Essex.
Pronto el monasticismo llegaría a Irlanda donde Columba funda varios monasterios que servirían de base para la cristianización de gran parte de las regiones germánicas y del norte de Europa. Los monjes fueron la gran fuerza civilizadora de la iglesia cristiana.
En la segunda mitad del siglo octavo surge Carlomagno (Carlos el Grande) quien lograría crear el primer gran estado europeo y daría inicio a un primer renacimiento llamado carolingio. En 768 heredó el trono franco y gobernaría con benevolencia y firmeza durante 46 años. En día de navidad de 1800 fue coronado, en Roma, por el papa León III como emperador del sacro imperio romano, idea política que habría de crear la ilusión de un nuevo imperio romano en Europa central por los siglos siguientes. Carlomagno mismo deploró el hecho ya que no compartía la idea de que su poder quedara supeditado al del papa; el conflicto político así creado duraría hasta la edad moderna.
Para incrementar la eficiencia de la administración de su imperio, Carlomagno promovió una revolución en la educación. Para ese entonces los nobles no sabían leer ni escribir. El mismo Carlomagno, aunque aprendió a leer con dificultad, no llegó a saber escribir. Para lograr su propósito, Carlomagno escogió al monje anglo-sajón Alcuino de York para ser el director de estudios en su centro de gobierno en Aix-la-chapelle (Aquisgrán, hoy en día Aachen). Alcuino resultó ser una elección insuperable: estupendo organizador, guía inspirador, trabajador incansable y polifacético. Para activar el renacimiento carolingio instituyó un plan de estudios basado en las siete “artes liberales” de la antigüedad clásica, divididas en dos grupos: el quadrivium, aritmética, geometría, astronomía y música, y el trivium, retórica, gramática y lógica. Alcuino lograría que se reconociera a Aquisgrán como la “segunda Roma” y la “segunda Atenas”. La cultura pronto se esparciría por todas las regiones del Imperio.
Pero el logro más significativo lo lograría Alcuino con respecto a la escritura, al introducir las letras minúsculas, conocidas como escritura carolingia, lo que permitía ahorrar el costoso pergamino, ya que el papiro era ahora escaso debido al control musulmán de Egipto. Asimismo, el estímulo a la copia de las obras de la antigüedad clásica llevaría a la creación de bibliotecas que permitieron la transmisión de la cultura greco romana al nuevo mundo que surgía en Europa, reuniendo la región septentrional con la zona mediterránea. Son muy escasas las obras que se preservan de la antigüedad, mientras que las copias realizadas en este período son la base de todo el conocimiento que preservó Occidente del pasado gloriosos de Grecia y Roma.

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